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Editorial Jueves 30 de Junio de 2011: El retorno del mandarinato.
Buenas noches, señoras y señores. Permítanme que me cuele una vez más en su casa para hablarles en nombre del Consejo Social de la Ciudad de Granada.
¿Recuerdan ustedes el antiguo mandarinato chino? ¿No mucho? Bueno. Cien años de abandono han logrado borrar casi del todo el recuerdo de los quince siglos de vigencia de un poderoso y, a su manera, eficaz sistema de gobierno en el mayor país del mundo. Se trata de una de las burocracias y estilos de gobernar de mayor vigencia y, en ciertos aspectos, una de las mejor valoradas por los occidentales. Entre sus logros se cuenta el haber legado a los contemporáneos una cultura china unificada, basada en valores compartidos, y una lengua común por encima de las diferentes lenguas y dialectos del inmenso país. Dichos valores incluían el mérito como factor de ascenso social y la equidad estrictamente reglada del acceso al mandarinato como condición de consenso social.
Uno de los rasgos más conocidos del sistema son los famosos exámenes imperiales de ingreso, y las precisas y exigentes técnicas desarrolladas para garantizar su efectividad y buen funcionamiento sin interferencias externas. Los estudiantes españoles que acaban de superar su acceso a la universidad o los becarios que aspiran a iniciar su carrera como investigadores pueden comprender fácilmente a qué nos estamos refiriendo. Los objetivos del sistema de exámenes imperiales fueron controlar formalmente el reclutamiento y el ascenso social de la elite burocrática imperial para generar una burocracia perfecta, incondicionalmente al servicio del Estado y de elevados ideales sociales, independiente de las fuerzas sociales y de los poderes locales. Tales objetivos se alcanzaron plenamente durante muchos siglos en los que China fue, sin discusión, la primera potencia mundial. El sistema encerraba valores importantes fruto del legado confuciano, que hace de la política un derivado necesario de la moral. Pero, como todo en este mundo, el sistema encerraba defectos como el bloqueo doctrinal, limitado a los textos clásicos, y un acusado formalismo que configuró una elite estatal cerrada a la sociedad, anclada en objetivos y estructuras propias, y hostil al cambio, técnico, comercial y social. Una tendencia que, andando el tiempo, manifestó sus defectos dramáticamente ante la modernización planetaria y la emergencia del poder global de las potencias occidentales desde finales del siglo XVIII. Entre los defectos particulares debemos citar al menos dos, tal vez estrechamente ligados: su elevado coste social, por un lado, y los efectos dinámicos inesperados que generó. Miles de los mejores jóvenes de China aplicaban su vida y sus recursos con la esperanza, frustrada con demasiada frecuencia, de superar tras muchos años de estudio un durísimo examen durante tres días de encierro ininterrumpido. Y, aún peor, la burocracia quedó atrapada en su eficaz organización y en sus viejos principios y cortó las sinergias necesarias con la sociedad lo que le impidió enfrentarse con éxito a un cambio sistémico; un reto que los fundadores no habían podido prever, ni sus seguidores supieron enfrentar con respuestas creativas más adecuadas. La abolición del sistema de exámenes imperiales en 1905 precedió en sólo seis años la desaparición del Imperio chino.
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