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El origen del gran salto adelante de la humanidad
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Editorial de Paraninfo del Jueves 19 de Mayo de 2011

Buenas noches, señoras y señores. Permítanme que me cuele una vez más en su casa para hablarles en nombre del Consejo Social de la Ciudad de Granada. A lo largo de las últimas décadas el análisis económico y la historiografía han centrado su objetivo sobre las causas últimas del desarrollo económico y han identificado al culpable con total seguridad. Estudiemos un poco el caso.

 

  • Ha de ser una causa muy general, que opere a todo lo largo y ancho del tejido social, célula a célula, individuo a individuo.
  • Ha de tratarse de un factor muy poderoso, que no se agote ni desfallezca con el uso ni, dicho en términos económicos, manifieste rendimientos decrecientes a largo plazo.
  • Como motor del desarrollo a largo plazo ha de ser prodigiosamente efectivo y duradero, capaz de proporcionarnos almuerzos gratis tras siglos proporcionando almuerzos gratuitos a nuestros antepasados.
  • Ha de ser un factor prácticamente inagotable que sea susceptible de acumularse y acumularse de forma cada vez más acelerada.

Pero no se inquieten. Como el huevo de Colón, la cosa no es tan complicada como puede parecer y la respuesta correcta a la adivinanza es muy sencilla: el  conocimiento y el capital humano. Tan sencilla es la respuesta que hoy está muy de moda y a disposición del peor informado de nuestros conciudadanos, con independencia de que sean o no capaces de entender sus implicaciones.

Pues bien, en las ecuaciones básicas que expresan el desarrollo económico la acumulación de conocimiento, y su puesta al servicio de la actividad económica, asumen un puesto central que exige libertad, flexibilidad y concurrencia como motores fundamentales para operar, requiere incentivos convenientemente alineados …   y poco más, aparte de millones de individuos motivados, diligentes y activos. Y ¿dónde está la reina madre que todo lo gobierna y lo lleva a buen puerto? La conclusión en este punto es igualmente clara y simple: no hay reina madre. En ese terreno todos somos como hormiguitas diligentes que, buscando nuestros propios objetivos, realizamos de forma rutinaria la reproducción normal del ciclo económico y en ocasiones impulsamos consciente o inconscientemente su crecimiento con un pequeño aumento de eficiencia.

Es posible que no valoremos bien la importancia de la idea que mencionamos y el vigor explosivo que ha demostrado su aplicación a la economía real. En este sentido los historiadores son claros: durante casi diez mil años la humanidad ha vivido en un universo maltusiano en el que la innovación era manifiestamente insuficiente para asegurar un nivel de vida creciente a largo plazo a las sociedades del pasado. Era una sociedad paradójica en la que lo malo era bueno para la prosperidad colectiva: las guerras, las epidemias y el mal gobierno mermaban la capacidad de crecimiento de aquellas sociedades y mejoraban sus condiciones de vida; por el contrario la paz, la higiene y el buen gobierno multiplicaban el número de los hombres y deterioraban la posición económica de sus hijos.

Pero a partir de 1800 todo cambió y la humanidad entró en una fase de crecimiento acelerada guiada por la innovación y el crecimiento acelerado del conocimiento. Si, ya se sabe; la famosa revolución científica del siglo XVIII …    Pero no. La ciencia en 1800 estaba aún muy alejada de la vida cotidiana y el artesanado difícilmente tenía acceso a unas teorías que, en los casos mejores, tenían pocas derivaciones prácticas aún. El elemento impulsor debió estar en otro sitio, nos dice Gregory Clark en su bien conocido “A Farewell to the Alms” [2007].

El elemento crítico, que faltó en muchas sociedades pasadas o contemporáneas, fue la difusión social de los mejores valores sociales y las más avanzadas prácticas económicas; desde la contabilidad a la horticultura; de la artesanía a la navegación; del consumo cotidiano al gran comercio ...    Unas prácticas que existían desde muchos siglos atrás pero que no se difundieron hasta que en la Inglaterra de finales del siglo XVIII se dieron las condiciones adecuadas para ello. ¿Cuáles fueron?

En este punto el autor es claro: la difusión social dichas prácticas fue el resultado de la movilidad social descendente que, vía supervivencia de los más ricos, generó en Inglaterra y no en otros países una clase media con los usos, actitudes y conocimientos de las clases altas. Ya sabemos que Dios escribe recto con renglones torcidos. El libro de Clark nos muestra uno de tantos factores aparentemente paradójicos que, contra todo prejuicio o intuición, conducen al bien común por los vericuetos más inesperados. Sigan con nosotros. Estamos a su servicio.

 

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