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| ¿Diremos algún día la verdad? |
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¿Diremos algún día la verdad? Paraninfo, Jueves, 10 de Marzo de 2011 Buenas noches, señoras y señores. Permítanme que me cuele una vez más en su casa para hablarles en nombre del Consejo Social de la Ciudad de Granada. Esta misma semana, la página de acceso de COTEC (Fundación para la Innovación Tecnológica) nos recibe con estas palabras: «la eficiencia del sistema español de innovación y las relaciones entre sus agentes todavía son ampliamente mejorables» [v. http://www.cotec.es/]. ¡Si sólo fuera eso! Incluso en los tiempos que corren, cuando la sinceridad es más importante que nunca, los españoles seguimos engañándonos a nosotros mismos, y así nos va. La verdad es que hemos avanzado mucho durante los últimos cincuenta años y que quienes tenemos ya esa edad cumplida estamos en buenas condiciones para valorar personalmente lo que les decimos. Como consecuencia mantenemos algunos esquemas mentales añejos que, en ocasiones como la actual, pueden ser extremadamente perjudiciales. Recuerden, sin ir muy lejos, la mentalidad de nuevos ricos que asumimos hasta hace bien poco y la ulterior y muy deficiente respuesta ante la crisis. Que no había crisis, se dijo. Que no nos afectaría. Que la resistiríamos sin problemas, mejor que cualquier otro país de nuestro entorno… Y, de repente si no entremezclado con lo anterior, que ya se estaba acabando… Cualquier cosa menos admitir que había que poner de nuevo pie en pared y empezar de nuevo ante el manifiesto agotamiento de las condiciones de la prosperidad anterior. Y no es que alguien lo dijera, o que hiciera de ello su bandera, sino de realmente se dijo lo que nosotros deseábamos oír. Pese a la intensidad y a la duración de la crisis, el autoengaño colectivo no ha terminado aún. Echemos una mirada sobre nuestra opinión colectiva sobre la crisis económica y financiera. Aún son muchos quienes piensan que no son necesarias grandes y profundas reformas, que no habrá que imponer un cambio radical de rumbo. Y ello a pesar de toda la evidencia disponible y del consenso general entre los especialistas, que subrayan que nos encontramos ante una crisis sistémica que no podrá resolverse sin profundas y duras reformas, sin una radical transformación. Hasta aquí hemos mantenido el rumbo que la sociedad española ha llevado desde la Transición. ¡Qué digo desde la Transición! ¡Durante todo el siglo XX, más bien! Por ello aún creemos que no es necesario rediseñar completa y urgentemente el mercado de trabajo; aceptamos modificar someramente la situación de las Cajas de Ahorros manteniendo los prejuicios y los intereses creados; ignoramos la desmesurada proporción del gasto público y, un poco menos, del endeudamiento nacional, público y privado; confiamos en que no haya que hacer, en suma, nada más que esperar a que vengan tiempos mejores y, cuando al fin lleguen, proseguir el rumbo ancestral, cómodo y divertido “que no nos ha ido tan mal”. Todos somos hijos o nietos del régimen de Franco y se nos nota. Pero nada más falso que lo anterior. La sociedad española se encuentra hoy en una encrucijada muy diferente de las anteriores, que puede devolverla a la divergencia con los países avanzados y, por esa vía, al círculo vicioso de la pobreza. Algo muy grave cuando cientos de millones de habitantes de este planeta han entrado por la senda del crecimiento y de la competencia y no piensan darnos ventaja ninguna que no nos hayamos ganado previamente. Entre las mentiras más arraigadas, y desde luego la que más cerca nos queda en estos editoriales es la idea de que nos encontramos con la juventud mejor formada de nuestra historia. Lo repiten y lo repiten incluso ilustres colegas y pocos se atreven a contrariar el tópico y a decir la verdad frente a las cámaras, aunque la reconozcan sin paliativos en charlas privadas. Desde luego que nuestros jóvenes son hoy los que más gasto han generado para su educación. Son sin duda los que más tiempo han pasado en las aulas. Son los más escolarizados y, con las trampas oportunas, los más titulados de nuestra historia y hasta de Europa entera. Pero reconozcámoslo de una vez: ¡no son los mejor formados ni lo serán nunca! Tampoco son ni serán los más competitivos salvo que se esfuercen mucho por lograrlo. Ni siquiera están bien adaptados a las necesidades del mercado de trabajo, internas ni externas. La inmensa mayoría carece de muchas de las capacidades elementales necesarias para la concurrencia global en la sociedad del conocimiento. ¿Pero qué han hecho con ellos los millares de teachers de las Enseñanzas Medias? ¿Entretenerlos y entretenerse, tal vez? Lo cierto es que muy pocos de los que llegan a la Universidad hablan o entienden un idioma extranjero. Y a partir de ahí, lo que se quiera, pero poco bueno. A diferencia de los indicadores de gasto, los que miden los resultados y la calidad y los resultados, son menos favorables. En España hay muchos y buenos estudiantes y titulados, pero los jóvenes universitarios en nuestro país son, en conjunto, los que menos cobran respecto a los no titulados de toda Europa ¿por qué? La verdad –que se suele reconocer de tapadillo– es que no están bien formados, que los títulos enmascaran formaciones muy dispares y que los planes en muchos casos no está bien orientados hacia la práctica profesional ni hacia el aprendizaje permanente que se avecina. Peor aún. A nuestro juicio, los planes de estudios que acabamos de reformar con el pretexto de Bolonia no van a cambiar las cosas sino, es de temer, a acusarla más y más. Y va a ser así no por la escasez de recursos financieros, que algo hay de eso, sino por el diseño mismo –por los genes del sistema, podríamos decir– de la reforma. Piensen, por ejemplo, que en España los estudios de Grado son curiosamente los más largos de Europa con general aplauso ¿Por qué será? El reciente llamamiento de la señora Merkel para que los buenos titulados jóvenes de nuestro país vayan a trabajar y a vivir a Alemania es muy significativa. Podemos mandar buenos médicos, buenos ingenieros, … que por lo general no saben inglés ni, mucho menos, alemán. La esencia del problema puede resumirse en pocas palabras y viene de muy lejos: vivimos en una sociedad intrínsecamente inflacionaria, un cáncer perverso que mina la riqueza presente y futura. “Más y más para todos”, sin que nadie asuma el coste que, en consecuencia, ha de repartirse entre todos de forma aparentemente indolora. Contra la evidencia básica que –con una sola excepción– exige ganar con esfuerzo todo lo que se consigue, hemos optado por el igualitarismo fácil y por la banalidad creciente, con merma evidente de la calidad en todos los aspectos. Durante décadas a los españoles nos han robado con la moneda (inflación propiamente dicha) y eso imprime carácter, pero también nos han robado con la calidad de otras muchas cosas; la sanidad para empezar; los servicios públicos en general y la Justicia en particular. Pero, sobre todo, nos hemos dejado engañar con la educación de nuestros hijos. Desde la primaria hasta la Universidad, la educación española se ha orientado por una vía facilona y cómoda, poco exigente y aún menos estimulante para profesores y alumnos, amable para la mayoría pero intrascendente para los mejores, aparte de claramente desorientada por la aceptación como principio general del “haz lo que quieras”. Digámoslo, pues, claramente: tampoco nuestros hijos son competitivos. Así nos va y así nos irá. Díganme, pues, si la situación no es mucho más alarmante de lo que normalmente estamos dispuestos a reconocer, si no son necesarias reformas radicales y urgentes en muy diversos campos, pero más que ninguno en Educación. Es el futuro de nuestros hijos. Es también nuestro futuro. Nuestros nietos, para bien o para mal, serán muy diferentes.
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Memoria del Consejo Social de la ciudad de Granada 2010
