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¿Para qué sirve la Universidad? Pasado, presente y futuro
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¿Para qué sirve la Universidad? Pasado, presente y futuro

Editorial de Paraninfo (jueves, 27 de enero de 2011)

Buenas noches, señoras y señores. Permítanme que me cuele una vez más en su casa para hablarles en nombre del Consejo Social de la Ciudad de Granada.

Orientamos hoy nuestra reflexión hacia los fundamentos mismos de nuestra actividad y nos preguntamos por la finalidad o más bien las finalidades de la Universidad. Y también por los fines de quienes vienen a ella en busca de una vía para encauzar su futuro profesional. Creemos que la pregunta es oportuna y esclarecedora.

 

Pasado: funcionarios y profesiones regladas. Hubo un tiempo, cuando se fundó la Universidad liberal en España va para doscientos años, tuvo aquella como objeto atender las necesidades de las profesiones regladas de la época; regladas por la propia Administración pública que fundó y dirigió las Universidades. Por esta vía el Gobierno se abastecía a sí mismo de funcionarios y de profesionales, conforme a sus propias disposiciones.

Asumió así la Administración pública unas competencias y unas obligaciones que debemos considerar como impropias. Financiaba a las Universidades, establecía las reglas de funcionamiento obligatorias, determinaba los estudios, reglamentaba todos los aspectos de la vida académica y designaba a los profesores, obligados a seguir sus órdenes al detalle. También reguló unos Colegios profesionales ligados a los estudios que fueron llamados a dirigir las citadas profesiones en un régimen de autonomía vigilada por el propio Gobierno.

Tenemos así la primera respuesta a nuestra pregunta y podemos deducir sus corolarios: Universidades escasas, reducidas y poco diversificadas, a menudo mal dotadas, excesivamente conservadoras y más bien encerradas en una torre de marfil, celosa y mezquinamente vigilada por la Administración.

Presente: crecimiento, diversificación y arcaísmos. Un gran cambio económico y social se perfiló hace poco más de cien años. La aparición de industrias de base científica y la generalización de los criterios científicos de gestión condujeron, por un lado, a la desaparición del artesanado tradicional, “el fin del hombre práctico”, y su sustitución por los técnicos de diferentes especialidades y en diferentes niveles; y, por otro, el creciente valor de la ciencia y del conocimiento como motor del crecimiento económico general y capaz de realimentar el crecimiento científico en particular.

Tales cambios indujeron modificaciones significativas en las estructuras universitarias y dieron origen a numerosos centros de investigación de nueva planta, públicos y privados. Desde finales del siglo XIX y por inspiración en buena medida alemana, la Universidad acogió en su seno a la nueva ciencia teórica y experimental y se fijó nuevos objetivos en el doble camino propuesto. Pronto fueron imitados de forma entusiasta en las Universidades Norteamericanas y, de rebote, se difundió por los otros continentes una reforzada corriente modernizadora claramente orientada hacia la ciencia. Una nueva corriente que contó con organizaciones propias, estilos diferenciados y, sobre todo, total autonomía de gestión.

A partir de ese momento, las Universidades de todo el mundo asumieron la formación de un número y variedad crecientes de técnicos, necesarios ahora para la sociedad civil y adoptaron el cultivo de la ciencia en primera persona como instrumento de desarrollo interno.

Los tiempos han cambiado mucho y la sociedad también, pero las instituciones  –que instituciones son las mentalidades y las expectativas de la gente–  han cambiado más bien poco aún. En ciertos aspectos, incluso, se han agravado. La masificación inflacionaria de los estudios en España no está teniendo buenos resultados. Las viejas y elitistas salidas  –profesiones regladas y cuerpos funcionariales clásicos–  representan salidas muy limitadas hoy, pero pesan duramente sobre expectativas y las mentalidades de profesores y alumnos. La sociedad, por su parte, el tejido económico local, no han generado una demanda suficiente ni en cantidad ni en calidad como para impulsar vigorosamente el futuro de la Universidad hacia la formación de técnicos  –llamados a aplicar los nuevos procesos científicos–  ni mucho menos de científicos propiamente dichos  –destinados a generar conocimiento nuevo de primera línea y excepcional valía.

Por ello, por tradición y por necesidad, los poderes públicos mantienen una poderosa mano dentro del sistema universitario, que se proclama autónomo falsamente. En realidad los poderes públicos pagan  –hasta ahora generosamente, incluso–  y deciden  –con manifiesto abuso e incomprensión; los ciudadanos, por su parte, reclaman medidas favorables que los políticos a menudo conceden, en la medida de sus conveniencias. Pero falta clamorosamente el tercer lado del triángulo, el que un día habrá de ligar vigorosamente a la sociedad y a la Universidad en detrimento relativo del que nos liga y somete a la Administración pública.

Ese día llegará, a no dudarlo. Traten ustedes de imaginar cuando. Pero, sobre todo, traten de imaginar las ventajas que un desarrollo así concebido, poligonal y no jerárquico, tendrá para nuestras vidas y para nuestra futura prosperidad. Basta con viajar para poderlo apreciar y nuestros universitarios hoy  –tal como puede verse en la pantalla de PARANINFO–, viajan mucho y mucho aprenden bastante, aunque no sea exactamente lo esperado. Y probablemente ese aprendizaje de lo inesperado sea lo mejor que podemos esperar. Sigan, pues, con nosotros. Estamos a su servicio.

 

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